Inyección de Vida

Playa Flamenco en Culebra, Puerto Rico

Playa Flamenco en Culebra, Puerto Rico

Soy de una Isla que por todas partes ofrece playas hermosas y cálidas, donde acostumbraba a pasar mucho de mi tiempo libre, ya fuera sola o con amistades. No hace falta mucha planificación, no hacen falta horas para llegar ni mucha gasolina.

Soy del mar. El agua es mi elemento. Estando triste el mar ha sabido arrullarme con sus olas. Estando enferma ha sabido sanar mi cuerpo y mis heridas. En momentos de felicidad pura ha sido cómplice y testigo ante la luz de la Luna…

Río Tinajas en Fajardo, Puerto Rico

Río Tinajas en Fajardo, Puerto Rico

Cuando se quiere variar, tenemos ríos a escoger, muchos de ellos con chorreras de piedra que se han ido formando naturalmente con el pasar de los años. Cuando la idea no es mojarse, tenemos cuevas que te quitan el aliento, tenemos un bosque seco y uno de lluvia.  Me hace falta Puerto Rico.

Cuando me invitaron a la playa no tuve que pensarlo para decir que sí, no había pisado una desde que llegué a España. Luego de varias horas de viaje Bent llegamos a Tarifa, una playa que está al sur. Al bajarme del carro y pisar la arena comprobé la falta que me hacía ese olor a sal que te limpia el espíritu. Me transporté por un momento a aquellos días de playa, solo que esta vez me mojaba en el estrecho de Gibraltar con una vista clara hacia Marruecos.

Marruecos

El agua es fría de nevera y no se encuentran de las características palmeras de las playas del Caribe, cabras sí… Pero era algo, definitivamente era algo; necesitaba esto. Tarifa fue un respiro, un escape, una profundización en mi interior que en combinación con las sesiones de yoga que he estado haciendo últimamente, me llenó de paz e iluminación. Cuando quisimos movernos y por equivocación encontramos unas dunas de arena, hubiese sido pecado no subir; allá arriba desprendí mis pies del suelo y volé.

Cuando empezó a atardecer me puse a pensar en dónde montaríamos la tienda de campaña, pero este día me traería más sorpresas. Resulta que esa misma semana, en una noche de tapas, conocimos a un chico que vive cerca de la playa en Tarifa. Ese mismo día iba con sus amigos a escalar en el área, para luego visitar a sus padres. Una de las mejores partes del viaje fue la invitación que nos hizo: esa noche dormimos en una cueva.

La experiencia en la cueva fue única. Para llegar había que internarse en el bosque y el camino estaba ya obscuro. Acababa de lastimarme el tobillo cuando me indicaron que debíamos hacer silencio porque cruzábamos territorio de abejas trabajando. “Ya estamos cerca”, dijo nuestro guía, “ya estamos a mitad de camino”…

Cueva

Foto por: Yari Miranda

Valió la pena perderse, valió la pena la espera y lastimarme el tobillo, porque cuando me vi allí adentro compartiendo en grupo, bebiendo vino, cantando y tocando guitarra, supe que no había ningún otro lugar en el que hubiese preferido estar. Esa noche el cielo nos regaló un espectáculo, parecía que los astros se esforzaban por brillar un poco más. Sin saber que al otro día pondría un pie en el Mediterráneo y otro en el Atlántico, me pregunté si al otro lado del mundo habría alguien pensando en mí… Y me fui a dormir.

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