24 horas en Marrakech

Mi llegada a Marruecos 

Fue un poco hostil. Quería una foto con mis Aeropuerto Marrakechcompañeros de viaje frente al nombre del aeropuerto, pero un viejo cascarrabias no nos quiso dar ni un minuto. Afortunadamente ahí quedó toda la mala vibra, pues la amabilidad de los marroquíes marcaría la diferencia dentro de mi mágica estancia en África.

Fue emocionante ver desde el avión el cambio que se desplegaba ante mis ojos: había llegado a Marrakech y estaba ansiosa por salir y aventurear un poco.

Lo primero que hicimos fue llevar las mochilas al hotel. El Riad Mirage fue como dormir en un palacio Nazarí: tranquilo, bello, lleno de lujos. Luego de tomar nuestro primer té marroquí, un delicioso té de menta, acomodamos todo en los cuartos. Habíamos pasado toda una noche sin dormir y estábamos súper cansados. La decoración, aquellas Riadcomodísimas camas, las cremas y los aceites… todo me invitaba a quedarme en el cuarto, pero tenía que salir, por primera vez mis pies pisaban suelo africano y no quería desperdiciar ni un minuto. Decidimos salir del Riad en ese instante, ansiosos por caminar en la Medina y visitar la Plaza. Pero aquí tengo que dar un reversazo, porque sigo hablando en plural y no he presentado a mis compañeros en este viaje, esas personas con las que compartí cada momento, reí cada día, las que cuidé y me cuidaron. Esos con los que ahora comparto la experiencia de lo que vi y viví en Marruecos, lo que nos une a los tres.

Antonio Serbiá es un tipo tranquilo y buena gente. Tengo que admitir que aunque no hubo problemas, estando en un país musulmán su presencia me hizo sentir más segura. Estudió con Yari desde pequeño y vino de vacaciones a España. Luego de unos días en Madrid se unió a la aventura. Todos lo tomaban por marroquí… Yari es una de mis compañeras de piso, y un poco más que eso. Es mi acompañante en los jangueos más intensos, en los conciertos y en cualquier otra locura que se me ocurra hacer. Ella hace el refrito y yo hago el guacamole. Luego de 5 días en Marruecos, terminó con 5 pretendientes; en más de una ocasión nos ofrecieron camellos por ella. Yo digo que son los ojos.

Ahora, volviendo a la historia, moríamos de hambre así que decidimos salir del Riad y buscar dónde comer. Subimos a la terraza de un restaurant que nos ofrecía vista a Djamaa El Fna, la plaza más importante dentro de la Medina.

Medina

Mientras almorzábamos allí, me puse a leer un cartel que estaba en la pared; anunciaba un negocio que rentaba motoras. Se me encendió esa cosita que ya en otros viajes me ha llevado a tener alguna increíble experiencia. Se lo dije a mis compis, que al principio se me querían echar pa’ atrás pero luego se contagiaron con la emoción. En medio de la conversación, un muchacho en la mesa de al lado me preguntó si estaba leyendo ese letrero. Resulta que su acompañante era precisamente el dueño de la compañía que renta las motoras. Anas nos hizo precio y arregló todo para que nos trajeran las motoras al restaurant y las fueran a recoger al hotel al otro día.

Las motos te las dan casi sin gasolina, así que nos dirigimos a la estación. GasolineraCon unos 2€ sobrepasaban el medio tanque y decidimos arrancar, estábamos hambrientos de aventura. Me adelanté en mi motora y a los 5 segundos escuché un ruido… Yari había chocado la suya contra una valla de metal que bloqueaba el tránsito en una calle. Miré y la vi nerviosa, levantando la moto mientras Antonio levantaba la valla; todo el mundo miraba y no pude controlar mi risa.

Y entonces llegó el dueño.

Me quedé con la boca abierta sin saber qué iba a pasar, pero rápido me di cuenta de que Anas no había visto el choque. Había notado a Yari nerviosa y regresó para ofrecerle ir en la parte de atrás mientras él conducía. Su socio Mohammed vino a ofrecerme lo mismo pero yo quería guiar, así que le hice una seña indicando que si se quería montar, sería en la parte de atrás. Fue así como estos chicos nos dieron un recorrido por afuera de la Medina, lo que ellos llaman la “ciudad nueva”. Nos llevaron a otra parte turística de Marruecos, donde está la gente rica, ajena a la ciudad porque están como irónicamente atrapados en sus hermosos campos de golf. Pero también nos llevaron a los barrios donde vive la gente afuera de las murallas de la “ciudad vieja” (la Medina), a sitios donde según ellos, los turistas no llegan. Estuvimos conduciendo por varias horas, en las que tuve interesantísimas conversaciones con Mohammad. Es un autodidacta sumamente inteligente y sensible. Hablamos de la educación, la sociedad, la religión y la vida… hablamos de todo un poco.

Regresamos al Riad poco antes de las 6, aún quedaba Sol por aprovechar. Yo estaba antojada de ir al barrio de curtidores y ver cómo se trabaja el cuero. Sabía que una vez comenzáramos el camino hacia el desierto, no tendríamos oportunidad de ir. Así que volvimos a salir, esta vez en sólo dos motos, Yari en la mía. Claro que, estar dentro de esas murallas es igual a estar en un laberinto, sólo que lleno de gente caminando en medio de las pequeñas calles y más motoras, muchas motoras. Demás está decir que nos perdimos en los primeros 5 minutos. Fue así como el universo nos cruzó con Hicham

Hicham es un chico de 21 años que conocimos cuando tuvimos que pedir direcciones hacia el barrio de curtidores. Resultó ser que vivía muy cerca de allí y conocía a la gente del barrio. Nos dijo que sería muy complicado explicarnos y probablemente nos perderíamos nuevamente (de seguro), así que se montó con Serbiá y nos fuimos rumbo al barrio. Justo a 30 segundos de llegar a la entrada, Serbiá chocó. Esta vez, él se comió la luz roja y dobló a mano izquierda justo cuando otra motora cruzaba por la vía principal.Choque Sin darme cuenta me comí la luz yo también, aunque afortunadamente fui la única en todo el viaje que no chocó. Uno de los que iba en la motora perjudicada se tiró al piso a hacer un espectáculo como si le doliera el tobillo, era evidente que quería dinero. Le dije a Serbiá que le diera 20€ y nos fuéramos de allí, pero Hicham ya estaba enfrascado en una conversación árabe que no parecía tener fin. Más gente se seguía sumando a la escena.

Yari y yo aprovechamos para hacer un shooting.

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El tipo quería que lo acompañáramos al taller para arreglar su motora, pero al final todo se resolvió con 10€. Arrancamos, y unos segundos después, el olor a muerte nos adelantó que habíamos llegado. Hicham habló y ya éramos bienvenidos. Al cruzar el umbral para empezar el recorrido, nos recibieron con hojas de menta. Para nosotros, que no estábamos acostumbrados, eran necesarias si queríamos soportar el olor a putrefacción.

MentaDurante el breve recorrido se nos explicó cómo es que cada proceso cambia de acuerdo al tipo de piel. Básicamente las pieles se remojan en caca de paloma, que es muy ácida. El tiempo dependerá de si es piel de camello, de vaca o de cabra.

Luna

Foto: A. Serbiá

Salimos de allí mientras los niños del barrio jugaban en la entrada. Estábamos cansados y ya se iba el sol. ¿Y qué más podría pasar? Bueno… Antonio rompió la llave de su motora. Literalmente la partió en dos. Mientras pensábamos qué hacer, compartimos con los Berber. Son unos niños muy alegres. Aunque no tenían televisores ni un Playstation, se divertían mucho más, corrían mucho más, reían mucho más. Se peleaban por nuestra atención y cuando saqué el iPhone, todos querían aparecer en las fotos. Mientras los más pequeños pedían (hacían gestos o señalaban mi reloj), los más grandes (12-13 años), a sus espaldas, me decían que no les diera nada. Todos querían decir algo y todos querían ser escuchados, pero sin contar la gritería era un poco difícil mantener una conversación; sólo hablaban árabe y francés, intercalado con una que otra palabra en inglés.

A fin de cuentas, los hombres del barrio salieron a ayudar y llevaron a Antonio a un lugar donde se le pudo hacer copia a la llave. Así luego de unos 40 minutos nos encontrábamos de camino a la casa de Hicham. Fue muy amable de su parte invitarnos a su casa, donde pasamos un rato hablando y enseñándole fotos de Puerto Rico.

Finalmente y ya de madrugada, Hicham nos condujo de regreso hasta Djamaa El Fna, donde debíamos aparcar las motoras. Allí nos encontramos nuevamente con Anas y Mohammed, quienes nos llevaron a comer al aire libre en la Plaza. Mohammed me regaló una botellita de aceite de Argan, un producto de belleza muy cotizado que sólo proviene de Marruecos. Es uno de sus negocios. Para terminar me invitó un té de jengibre y especias, muy típico de la cultura marroquí. Fue la mejor manera de terminar la noche, luego de ese té picantito dormí como un bebé. Estábamos exhaustos y en la mañana nos esperaba un gran día: comenzaba nuestra ruta hacia el Sahara.

Anas y Mohammed

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One response to “24 horas en Marrakech

  1. Maravilloso,me encanta la secillez y la claridad Humana de las personas que has encontrado en tu caminar.Ese es el tipo de experiencia que me gustaria que mis gemelas experimentaran cuando crezcan.Eso es lo que yo llamo vivir y aprender .Bravo mi ahijada querida! excelente,bendiciones para todos tus amigos!

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